Epidemias, enfermedades olvidadas, desastres naturales, conflictos bélicos, caravanas de desplazados y refugiados, sequías y hambrunas… la retahíla de crisis humanitarias que exigen una respuesta urgente se acumula. Sólo en 2018, Acnur contabilizó un nuevo récord de 68 millones de personas forzadas a huir de sus casas fruto de los más de 30 conflictos bélicos abiertos, el doble que hace dos décadas, encabezados por las crisis humanitarias desatadas en Yemen, Libia, Rohingya, Siria, Irak, Congo, República Centroafricana, Somalia, Sudán del Sur,Ucrania… Un éxodo mayor que el de la II Guerra Mundial. Y en lo que va de año se han desatado, entre otras, epidemias de cólera en Haití, Niver, Camerún y Uganda; de polio en Somalia; de difteria en Bangladesh; de Ébola en Congo; de sarampión en Chad y Madagascar….

A estas emergencias que exigen una respuesta inmediata de ayuda humanitaria pero que empiezan a cronificarse se unen los problemas más de fondo que trata de atajar la cooperación al desarrollo para luchar contra la pobreza, las desigualdades, garantizar un crecimiento económico y social equitativo… y que implican la creación de sistemas sanitarios sostenibles y acceso a fármacos a precios asequibles en todos los países pero que muchas veces no tienen más remedio que comenzar por cuestiones tan básicas como infraestructuras para el saneamiento de aguas.

Tras fuertes recortes en la financiación durante la crisis, los presupuestos de acción humanitaria tanto internacionales como los españoles han crecido en los últimos dos años, pero basta observar cómo sólo se han conseguido movilizar 12.400 millones de los 20.500 reclamados por la ONU para las emergencias humanitarias para entender que no es suficiente. En España la Ayuda Oficial al Desarrollo se desplomó durante la crisis un 73 por ciento, según el último informe de Oxfam, haciendo descender a España en el ránking de países por ayuda humanitaria desde el puesto 11 al 26. Y dentro de esta ayuda oficial al desarrollo, el presupuesto público para ayuda humanitaria apenas representa un 1,3 por ciento del total (alrededor de 55 millones de euros), frente al 7-10% de otros países.

El crónico e innegable problema de financiación no es, con todo, el único que afronta la ayuda humanitaria española. Las principales ONG sanitarias advierten de la falta de protección laboral real de los sanitarios que, como voluntarios o como cooperantes contratados, acuden a realizar tareas humanitarias o de cooperación al desarrollo en otros países.

Según explica Carlo Ugarte, responsable de relaciones externas de Médicos Sin Fronteras, “Con el estatuto del cooperante de 2006 surgieron ya muchas quejas porque cuando los profesionales salían a prestar ayuda humanitaria sobre el terreno a efectos de currículum en la práctica era como si se hubieran ido de vacaciones al caribe. Si estabas en una bolsa de empleo te echaban y si tenías una plaza y pedías un permiso para ir a una misión no se te consideraba el tiempo de antigüedad ni te daban trienios, ni te lo valoraban en el baremo. Era una situación injusta”.

El responsable de Médicos Sin Fronteras explica que “aunque todo es útil, nosotros creemos que la ayuda humanitaria hay que profesionalizarla porque no es lo mismo tener tu trabajo en un hospital español y acudir quince días al año a una escuela en Guatemala, que operar en un hospital bajo tierra en Siria entre bombardeos. Lo último requiere estar especialmente preparado para esa situación, requiere profesionalización y hace falta reconocer esa situación a todos los efectos”.

Detalla que se trata “normalmente de personas jóvenes, que trabajan sobre el terreno unos cinco años cobrando por debajo de lo que lo harían aquí y que a continuación dejan de trabajar sobre el terreno porque tienen familia o están más establecidos”. Esta rotación obliga a buscar continuamente trabajadores humanitarios “y la situación actual no permite atraerlos. Ellos están al inicio de su carrera profesional y no pueden arriesgarse a demandar en los tribunales a su servicio de salud por no cumplir la norma estatal, ni tampoco se van a animar a hacer ayuda humanitaria si cuando quieran trabajar de vuelta en España nadie les reconoce el trabajo que han hecho”.